Ay, chicas, aún tengo el coño palpitando de lo que pasó hoy en la oficina. Soy Marta, trabajo en una gestoría de Madrid, rodeada de papeles y tíos serios. Pero con Javier, mi compañero del cubículo de al lado, siempre hay chispa. Bueno, más que chispa, un puto incendio.
Empezó esta mañana, martes, sobre las 10. Estábamos revisando unos expedientes juntos, solos en la sala de reuniones pequeña, la que da al pasillo pero con puerta. Él se inclinó sobre la mesa para enseñarme un contrato, y su brazo rozó mi teta. ‘Perdón’, murmuró, pero sus ojos… uf, se clavaron en mi escote. Llevo una blusa blanca ajustada, sin sujetador hoy, porque me encanta sentir los pezones duros contra la tela. Le sonreí, mordiéndome el labio. ‘No pasa nada, Javier, sigue…’
La tensión sube entre papeles y miradas calientes
La tensión creció rápido. Nuestras rodillas se tocaron bajo la mesa. Él carraspeó, pero vi el bulto en sus pantalones. ‘Marta, estos números no cuadran’, dijo, pero su voz temblaba. Yo me acerqué más, mi mano ‘accidentalmente’ sobre su muslo. ‘Déjame ver’, susurré, y mis dedos subieron un poco. El aire se espesó, olía a su colonia mezclada con sudor nervioso. Cerré la puerta con llave, clic, y el espacio se volvió nuestro. Solo nosotros, los dossiers y esa polla que ya asomaba dura.
Él me miró, dudando. ‘¿Qué haces?’, pero no se apartó. Yo me reí bajito. ‘Shh, Javier, nadie nos pilla si vamos rápido’. Me puse de rodillas entre sus piernas, abrí su cremallera. Dios, qué polla más gorda, tiesa como una barra, el glande rojo y brillante de pre-semen. ‘Joder, Marta…’, gimió. La tomé en la mano, tibia, palpitante. Lamí el capullo lento, saboreando esa sal. Él jadeó, agarrando el borde de la mesa.
El polvo brutal y la corrida que lo cambió todo
La chupé despacio al principio, metiéndomela hasta la garganta. Slurp, slurp, mis labios apretados, lengua girando alrededor. Su mano en mi pelo, empujando suave. ‘Me vuelves loco, puta’, gruñó bajito. Aceleré, mamándola con hambre, saliva chorreando por la base. Él gemía contenido, ‘Para, voy a…’. Pero no paré. Saqué la polla, un hilo de baba conectándonos. ‘No, quiero tus tetas’, dije, desabotonándome la blusa. Mis tetas saltaron, pezones duros como piedras.
Me coloqué encima, polla entre mis pechos grandes. Él las apretó fuerte, follándomelas. Cada embestida, el glande rozaba mi barbilla, lo lamía. ‘¡Joder, sí!’, jadeé. Olía a sexo puro, sudor y polla. Aceleró, piel contra piel resbaladiza. ‘Me corro, Marta…’. Y bum, primer chorro en mi escote, caliente, espeso. Otro en mi lengua, lo tragué un poco, salado y viscoso. El resto entre mis tetas, maculándolas de leche blanca. Temblaba, su polla aún palpitando, chorros finales goteando.
Me quedé ahí un segundo, semen chorreando por mi barriga. Él suspiró, extasiado. ‘Eres una diosa’. Limpié rápido con kleenex, me subí la blusa, pezones aún tiesos. Él se metió la polla, la cerró. Nos miramos, riendo nerviosos. ‘Vuelta al curro’, dije, abriendo la puerta. Fuera, el pasillo normal, compañeros tecleando. Yo volví a mi sitio, tetas pegajosas bajo la blusa, coño mojado en las bragas. Él me guiñó ojo desde lejos. Nadie sospechó. El resto del día, profesional como siempre, pero con la adrenalina de saber que mañana… quién sabe. Uf, qué vicio este trabajo.