Mi follada salvaje en la oficina con la verga más grande de la empresa

Ay, chicas, no sabéis lo que pasó el otro día en la oficina. Soy María, la de Recursos Humanos, esa con el culo que todos miran cuando paso por los pasillos. ¿Recordáis ese puto sondeo anónimo sobre el mejor culo de la empresa? Pues yo iba primera, empatada con Corinne, la contable esa tetona de 50 tacos. Luego las tías lo contrarrestamos con uno de pollas en erección. Fotos anónimas, números… y de repente, la foto número 6. Dios, qué verga. Gruesa, larga, más de 20 cm, con un glande hinchado como una seta. Todas babeábamos, yo incluida. Se corrió el rumor de que era falsa, de porno gay, y zas, sale Amandine, la informática rubita, confesando que era de su compañero Pablo. Un tío normalito, flaco, pero con ese monstruo escondido.

No pude resistirme. Lo llamé a mi despacho esa tarde. ‘Pablo, ven un momento, es sobre el sondeo’, le dije por el interno. Entró, nervioso, cerré la puerta. El aire se cargó al instante. Estaba de pie, yo sentada tras mi mesa, dossiers por todos lados. Le miré la bragueta, ancha como siempre. ‘Siéntate’, murmuré, pero él se quedó ahí, sudando. Nuestras miradas se cruzaron, calientes, prohibidas. El corazón me latía fuerte, el coño ya húmedo solo de imaginarlo. ‘Sé que eres el número 6’, solté, bajito. Él se sonrojó, pero sonrió. ‘¿Y qué?’, contestó, acercándose. Me levanté, rodeé la mesa. Mi mano rozó su pantalón. ‘Muéstramela’, susurré, la voz temblorosa. Él dudó, miró la puerta. ‘Aquí? ¿Estás loca?’, pero ya se desabrochaba el cinturón. El despacho se volvió nuestro mundo privado, el reloj tic-tac sonando como cuenta atrás.

La tensión sube entre carpetas y miradas calientes

Dios mío, cuando sacó esa polla… Estaba semi-dura, colgando pesada entre sus huevos peludos y llenos. La toqué, caliente, venosa, palpitando en mi palma. ‘Joder, es real’, gemí. Me arrodillé entre sus piernas, el suelo duro contra mis rodillas. Olía a hombre, a sudor limpio de oficina. Abrí la boca, lamí el glande salado, enorme, estirándome los labios. ‘Chúpala, María’, gruñó él, agarrándome el pelo. La metí, mitad, ahogándome un poco, saliva chorreando. La mamé con hambre, succionando, lengua en la uretra, bolas en mi barbilla. Él jadeaba, ‘Sí, así, puta de oficina’. Me puse de pie, me bajé las bragas bajo la falda, empapadas. Me subí a la mesa, dossiers volando, piernas abiertas. ‘Fóllame ya’, rogué. Su verga empujó mi coño rasurado, abriéndome lenta, dolor-placer. ‘¡Joder, qué prieta!’, gimió. Entró hasta el fondo, golpeando mi cervix, 20 cm de pura carne dura. Me folló salvaje, mesa crujiendo, mis tetas pequeñas botando. ‘Más fuerte, cabrón’, grité bajito. Cambiamos, yo a cuatro sobre el escritorio, él detrás, polla resbalando en mis jugos. Me metió un dedo en el culo, lubricado. ‘¿Quieres por detrás?’, preguntó. ‘Sí, rómpeme el ojete’, supliqué. Empujó, glande abriendo mi ano virgen, ardor intenso. Entró centímetro a centímetro, me llenó el culo, follándome anal como un animal. Gemí, mordiendo mi puño, orgasmos en cadena, coño chorreando sin tocarlo. Él aceleró, ‘Me corro’, avisó. ‘Dentro, lléname’, ordené. Eyaculó chorros calientes en mi recto, desbordando, semen goteando por mis muslos.

Sudados, jadeantes, nos miramos. ‘Ha sido… increíble’, murmuró él, besándome. Me limpié rápido con kleenex, semen pegajoso en mi ano palpitante. Me subí las bragas, alisé la falda, él se guardó la polla menguante, aún impresionante. ‘Vuelve al trabajo, como si nada’, le dije, seria ya. Él asintió, sonrió pícaro. Abrió la puerta, miró el pasillo vacío. Salió. Yo me senté, piernas temblando, coño y culo doloridos pero felices. Miré el ordenador, respondí un email. Nadie sospechó. Pero cada vez que lo veo… uff, la adrenalina sigue. Mañana, ¿quién sabe?

Leave a Comment