Mi polvo prohibido en la oficina con el desconocido de las notas

Uf, este lunes en la oficina estaba… no sé, con el alma en vilo. Caminaba por los pasillos, oliendo a café quemado y papeles viejos, cruzando colegas que ni registraba. Solo pensaba en esa nota que encontré ayer en el parabrisas de mi coche, en el parking del edificio.

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“Quiero verte, preciosa…”. Azul, rasgada con cuidado, como de un bloc. Pensé que era broma, la guardé en el bolso. Pero al día siguiente, otra: “Eres tan jodidamente sexy”. Y luego, cada mañana: “Tus piernas me matan”, “¿Quieres que te folle? Lo noto en tu mirada”. Empecé a vigilar el parking, me aparcaba de lado para pillar al cabrón. Nada. Pero las notas me mojaban las bragas, eh…

La tensión subiendo entre carpetas y miradas calientes

Una decía: “Te vi en el baño, desnuda, deliciosa…”. Joder, me vio. Angstia y morbo a la vez. Esa noche dejé una mía: “Si me ves, déjame en paz”. Al día siguiente, mi nota había volado, pero no había réplica. Tres días sin nada, me había acostumbrado a esa mierda intrigante.

Martes. En el escritorio, entre carpetas: “Sala de archivos, 15h. Solo ven”. Conocía el sitio, al fondo, siempre vacío. Pedí la tarde libre, pretextando médico. Bajé, corazón latiendo fuerte. Me senté en una caja, subí la falda, metí los pies en el aire fresco del suelo… Las campanas del reloj sonaron. 15h. Oigo pasos. Detrás mío. Se agacha, susurro en la oreja: “Cierra los ojos, guapa”.

Obedezco, temblando. “Te voy a besar, pero no abras”. Su aliento caliente en mi cuello, mano subiendo por la nuca, labios rozando los míos, una, dos veces. Otra mano en mi brazo, dedos entrelazados. Luego su lengua, solo la punta, probando mi boca. Abro un poco, entra, joder, qué rica. Su mano baja a mis caderas, sube la falda, toca mi piel suave.

Palma arriba y abajo por mis muslos. Lengua más dentro, dedos en la humedad de mis piernas. Quiero abrir los ojos, ver quién coño es este que me maneja. Pero su mano en mi cara: “No”. Baja al cuello, besos húmedos, y esa mano audaz llega a mi coño, mojadísimo, ardiendo. Abro las piernas, invito. Desliza la tela de las bragas, pulgar en el clítoris, dedo rozando labios, otros dos dentro.

Gimo bajito, sus dedos me follan lento, los otros masajean mi excitación. Quiero tocarlo, pero: “Solo para ti, déjate ir. Imagíname como quieras”. Voz grave, mi respiración agitada… Me corro fuerte, arqueándome, chorros en sus manos. Varias veces. “Espera, no abras”. Se va. Me quedo ahí, falda arriba, coño palpitando, boca con su sabor.

El acto brutal: su polla dura me rompió en la oficina

Esa noche, en mi piso, desnuda frente a la ventana que da al parking. Tomo hielo del vaso, lo paso por tetas, pezones duros. Otro por el vientre, al coño. Me abro de piernas en la silla, imaginándolo viéndome. Dejo nota en mi coche: “Parking subterráneo, oficina 3ª planta, medianoche. Solo una prenda”.

Medianoche. Solo gabardina. Entro en la sala de archivos a oscuras, cierro ojos. Mano toma la mía: “Anoche en la ventana… qué puta caliente”. Me besa duro contra la pared, suelta el cinturón, quita la gabardina. Su piel contra la mía, desnudo. Huele a canela, cuerpo firme, brazos perfectos. Me lleva al sofá viejo, suave bajo mi culo.

“Déjame a mí ahora”. “Vale”. Lengua por sus brazos, pecho con pelitos, ombligo, muslo… Llego a su polla, dura, gorda, oliendo a sexo. La chupo entera, vaivenes, lengua en el glande. Gime fuerte. Su mano en mi coño otra vez. Me pongo a cuatro, lame mi coño chorreante, lengua follando adentro. Tiemblo.

Se pone condón, detrás: “Te voy a follar como una perra”. Empuja, su polla me parte, gime los dos. Cambiamos posturas: yo encima, cabalgando su verga gruesa, contrayendo el coño para ordeñarlo. De lado, misionero brutal, pellizcando tetas. Me folla en la mesa, contra la pared, en el suelo. Chorros de placer, él se corre dentro del condón.

Horas después, sudados: “Vete ya, fue brutal”. Me visto rápido, salgo. Mañana, reunión como si nada. Él pasa, mirada cómplice. Sonrío, coño aún sensible. Vuelvo al escritorio, notas olvidadas. Pero sé que volverá…

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