Mi polvo prohibido en la oficina: la tensión que explotó

Era un viernes de octubre, llovía a cántaros fuera de la oficina. Truenos retumbaban, el cielo negro como boca de lobo. Yo, sola en el archivo, clasificando expedientes polvorientos. Hacía frío, mi aliento salía en nubecitas. Me toqué la cicatriz en la muñeca izquierda, ese infinito borroso de un pacto adolescente con mi ex, Pablo. Desapareció hace años, pero su recuerdo me picaba esa noche.

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Entró Mateo, el nuevo del departamento. Alto, barba incipiente, ojos que taladraban. ‘¿Necesitas ayuda?’, dijo con voz grave. Me miró fijo, y yo… uf, sentí un cosquilleo. Nos pusimos a ordenar juntos, rozando brazos. El espacio era estrecho, estanterías altas nos aislaban. Olía a papel viejo y su colonia, mezcla de madera y sudor. ‘Hace un frío de cojones’, murmuré, acercándome más. Él sonrió, pícaro. ‘Sí, pero tú calientas el ambiente’. Silencio. Nuestras manos se tocaron al coger un dossier. No la aparté. Él tampoco.

La tensión sube entre papeles y miradas

La lluvia azotaba las ventanas. ‘Pablo… tenía una marca igual’, soltó de repente, tocándose la muñeca. Me quedé tiesa. ‘¿Lo conociste?’. Asintió, misterioso. ‘Vino aquí una vez. Desapareció después de una noche loca’. Corazón latiendo fuerte. Rumores en la oficina: una tía que enloquecía a los tíos, como una bruja del deseo. ¿Sería yo? Nos miramos. Sus ojos, pozos negros. No pude evitarlo. Me acerqué, labios casi rozando. ‘No mires así o…’, dudé. ‘O qué’, ronroneó, mano en mi cintura.

El archivo se volvió nuestro mundo privado. Puerta entreabierta, riesgo de que alguien entrara. Adrenalina pura. Me besó, duro, lengua invadiendo. Sabía a café y menta. Manos por debajo de la blusa, pellizcando pezones. ‘Joder, qué duros’, gruñó. Yo, jadeando, bajé la cremallera de sus pantalones. Su polla saltó, gruesa, venosa, goteando ya. ‘Mira lo que me haces’, dijo, apretándome contra la estantería.

El polvo brutal y la vuelta al curro

Lo arrodillé. Chupé esa verga como una puta en celo, lengua girando en el glande, bolas en la mano. ‘¡Coño, sí!’, gimió bajito. Saliva chorreando. Me levantó, falda arriba, braga a un lado. Dedos en mi coño empapado. ‘Estás chorreando, zorra’. Empujó, polla abriéndose paso. Dolor-placer. Me folló contra los ficheros, papeles cayendo. Ritmo brutal, embestidas profundas. ‘¡Más fuerte, joder!’, supliqué. Sus manos en mi culo, azotando. Sudor mezclado, olor a sexo crudo. Gemí, mordiéndome el labio para no gritar. Él, gruñendo: ‘Tu coño me aprieta como un guante’. Cambiamos, yo encima, cabalgando esa polla gorda. Tetas rebotando, pezones rozando su pecho. Clímax cerca, coño contrayéndose.

Explotamos juntos. Él llenándome de leche caliente, yo temblando, chorros de placer. ‘¡Me corro, puta!’, rugió. Quedamos pegados, jadeos entrecortados. Beso suave ahora. ‘Hostia, ha sido…’. Se rió. ‘Inolvidable’. Bajamos ropa rápido. Papeles revueltos, olor a semen flotando. Limpiamos lo justo. ‘Vuelve al curro como si nada’, dijo guiñando. Salí primero, mejillas rojas. Él después. En el pasillo, cruces de miradas cómplices. Compañeros ajenos. Adrenalina aún bombeando. Mañana, oficina normal. Pero esa cicatriz… ahora compartida.

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