Eh, chicas, os cuento lo que me pasó el otro día en la oficina. Era jueves, como las once de la noche, trabajando hasta tarde en ese edificio enorme de la multinacional. Todos se habían pirado ya, solo quedábamos yo y el guardia de seguridad, un tío grandote, moreno, con esa mirada que te come viva. Estaba clasificando expedientes en el archivo del sótano, sudando un poco, con mi falda lápiz subidita por el calor. Él pasaba cada rato, controlando, pero yo notaba cómo se paraba más tiempo, mirándome el culo cuando me agachaba.
—Ey, ¿todo bien ahí abajo? —me dijo, con voz ronca, apoyado en la puerta.
La tensión sube entre papeles y miradas calientes
—Pues… agobiada con estos papeles, pero sí. ¿Y tú? ¿No te aburres montando guardia solo? —le contesté, girándome despacio, mordiéndome el labio sin querer.
Sus ojos bajaron a mis tetas, apretadas en la blusa. Sonrió, eh… malicioso. Me acerqué un poco, fingiendo pedir ayuda con una caja pesada. Nuestras manos se rozaron, electricidad pura. Olía a colonia fuerte, sudor masculino. El corazón me latía fuerte, sabiendo que la cámara podía grabarnos, que cualquier compañero podía volver. Pero eso me ponía más cachonda. Le toqué el brazo, musculoso.
—¿Me echas una mano? —susurré, acercándome tanto que notaba su paquete endureciéndose contra mi cadera.
Él tragó saliva. Cerró la puerta del archivo con llave. El espacio se volvió nuestro, privado, oscuro solo con la luz tenue de una lámpara. Sus manos ya en mi cintura, yo jadeando bajito.
No aguantamos más. Me empujó contra los estantes de metal, frío contra mi espalda caliente. Me besó salvaje, lengua dentro, mordiendo mi cuello. Le desabroché el pantalón rápido, saqué esa polla gorda, venosa, ya tiesa como una barra. Dios, medía fácil 20 cm, palpitando en mi mano. La apreté, masturbándola lento mientras él me manoseaba las tetas, pellizcando pezones duros.
—Joder, qué puta estás… —gruñó, bajándome las bragas de un tirón.
Mi coño chorreaba, resbaladizo, hinchado de ganas. Me abrió las piernas, frotó la punta de su verga contra mi clítoris, untándola de mis jugos. Gemí fuerte, eh… sin control. Me penetró de golpe, hasta el fondo, partiéndome en dos. ¡Ay, la hostia! Dolor-placer brutal. Embestía como un animal, polla entrando y saliendo, chapoteando en mi humedad. Yo clavándole las uñas en la espalda, mordiéndole el hombro para no gritar.
El sexo crudo e intenso sin frenos
—Córrete dentro, fóllame duro… —le supliqué, voz entrecortada.
Cambiamos, me puso a cuatro patas sobre los expedientes desparramados. Me azotó el culo rojo, metiendo dedos en mi ano mientras me taladraba el coño. Sentía cada vena rozando mis paredes, el glande golpeando el útero. Sudor goteando, olor a sexo impregnando todo. Él aceleró, bolas chocando contra mi clítoris. Yo me frotaba frenética, orgasmo subiendo como lava.
—¡Me corro, puta! —rugió, llenándome de leche caliente, chorros potentes que me desbordaban.
Yo exploté segundos después, coño contrayéndose, squirteando un poco sobre sus muslos. Temblando, piernas flojas.
Jadeando, nos separamos. Semen chorreándome por las piernas. Se subió el pantalón rápido, yo me limpié con unas hojas de papel, me subí las bragas empapadas. Mirada cómplice, sonrisa nerviosa.
—Vuelve a las cámaras, yo termino aquí —le dije, voz normal ya.
Él asintió, salió como si nada. Yo recogí los papeles revueltos, ordené mi mesa. Minutos después, subí al piso principal, saludando al siguiente guardia como una profesional. Nadie notó nada, pero mi coño aún palpitaba, recordándome la adrenalina. Mañana, oficina normal, pero yo… ya planeo la próxima.